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    El fin de Berlín del Este

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    por Javier Domingo – Especial desde Berlín | 09.11.09
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    Observador Global recorrió los barrios de la ex Berlín del Este y se encontró con un sentimiento de nostalgia en muchos de sus habitantes a 20 años de la caída del famoso muro que dividía a la ciudad. Nadie añora al muro y todos agradecen su destrucción, pero es difícil, por más que uno pregunte, encontrar en esta zona de la ciudad a algún entusiasta. Al menos en estos barrios donde el turismo no llega, el fin del muro se ve más como una ocasión perdida que como un motivo de fiesta.

    Imagen de El fin de Berlín del Este
    Berlineses del Este cruzan a la parte occidental de la ciudad tras la caída del muro. A 20 años, la nostalgia sobrevuela la zona Este de la ciudad y es difícil encontrar a algún entusiasta - AP

    Berlín es hoy una de las ciudades que atrae más turistas. La gente adora pasear por lo que hace veinte años era “el Este”. Ahí está el centro histórico de Berlín con su catedral, sus museos, el antiguo ayuntamiento, la ópera, los teatros de vanguardia. También es en esta zona donde la ciudad es más dinámica, más atrayente, más divertida, más audaz.

    Lejos de museos, catedrales y bares trendies, el barrio de Marzahn se parece más a lo que uno imagina del comunismo: un paisaje hecho de monoblocks tan altos como grises.  El lugar fue un campo de concentración para gitanos durante la Segunda Guerra Mundial.  En esos terrenos vacíos, el gobierno lanzó un plan de vivienda en los años setenta. 140.000 departamentos fueron construidos. Compitiendo con los planes de reconstrucción del Oeste, los departamentos del este fueron de una gran generosidad espacial. Hoy parecen sí un tanto monótonos, pero muy bien conservados.

    Entre los edificios alguna vez hubo parques y césped. Hoy no hay rincón donde no haya brotado una tienda, un negocio, un supermercado. Aún se conservan algunas plazas de juegos para niños, de las muchas que había en otras épocas.

    En el centro del barrio, existe una institución llamada el “Foro del tiempo libre de Marzahn” (Freizeitforum Marzahn). Hay en él un teatro, una biblioteca, una sala de exposiciones, una pileta, un bowling, un gimnasio.

    En la biblioteca hay una gran sección de literatura en vietnamita. En el barrio son muchos los descendientes de grupos de vietnamitas a quienes la RDA concedió asilo en los años ’60. Cuenta la directora de la biblioteca que son los que más leen. En la sección alemana, Karl Kreisler lee el diario. Es uno de los primeros residentes de la zona.  Originario de la región de Anhalt, se estableció en Marzahn cuando el gobierno le entregó a su familia uno de los primeros departamentos. Recuerda que su sueldo era de 800 marcos del este, y que pagaba sólo 140 de alquiler.  Hoy gana 800 euros de jubilación, y el alquiler aumentó a 450 euros. Siguen siendo, la mayoría de los edificios, propiedad del estado. “¿Para qué querría yo ser dueño de un departamento? Habría que pagar todos los servicios, no me alcanzaría.  En el campo sí me gustaría tener una casa, pero no un departamento, no tiene sentido. Ahora todos quieren mudarse más hacia el centro, yo estoy bien acá.” Es verdad, desde la caída del muro, estos barrios se van vaciando.

    Se acuerda perfectamente Herr Kreisler de los últimos días de la RDA. “Alguna señal del cambio había. Yo tengo parientes que vivían en Berlín Oeste y varias veces fui a visitarlos. O me dejaban salir a mí o a mi mujer. Dos semanas antes de la caída del muro, se casó mi sobrina, y nos dejaron pasar con mi mujer para ir a la fiesta. Fue la primera vez que salimos juntos del país.” Pero nunca quiso irse: “Tenía mi vida hecha acá, y no vivía mal. En los ’80, sin embargo, quería que la situación cambiara, pero por mis hijos.”

    Uno de ellos, quiso irse al Oeste. “En esa época, Hungría abrió sus fronteras. Muchos alemanes del este viajaron a Checoslovaquia para de allí pasar a Hungría, y llegar a Alemania Occidental a través de Austria. Mi hijo Jörg se fue en auto. Le dimos el que acabábamos de comprar, con años de esfuerzos. Era nuestro primer auto. Cuando logró llegar a Alemania Occidental, quiso venir a Berlín (Este), pero no lo dejaron pasar con un auto oriental. Y lo tuvo que vender, por 400 marcos occidentales. Habíamos pagado 14000 pero allá, ¿quién hubiera querido un auto del este? Al final, cuando llegó a Berlín, tiraron el muro. ¡Si lo hubiéramos sabido, no perdíamos el auto!”

    Herr Kreisler no estuvo aquella noche del 9 de noviembre en la calle: “Hoy me arrepiento. Nos enteramos por la radio, pero estábamos en casa, con mi mujer… no quisimos salir.” Tampoco está contento con lo que vino después: “En ese momento, ¡tanta alegría! No podía ser de otra manera, Alemania debía estar unida. Pero hoy ninguno de mis hijos tiene trabajo, hace ya cuatro años. Mi hijo el menor es discapacitado. Ahora volvió a vivir con nosotros, no le alcanza para pagar el alquiler. A los 35 años. No tiramos el muro para esto.”

    Un cierto aire nostálgico se respira también en la sección infantil del Fórum.  Ya en poco se parece este lugar a lo que fue, al menos en la opinión de Angela, una de las educadoras que organiza talleres de bioquímica. “Eso es decir demasiado. Lo que trato de hacer es despertarles el interés a los chicos. Hacemos experimentos, quiero que vean cómo resolver un problema de química de manera práctica. Y les gusta. Ofrecemos cursos y talleres para después de la escuela. Antes se enseñaba de todo: educación vocal, matemáticas, artes marciales, violín, idiomas, cualquier cosa. Ahora quedan pocas actividades aparte de la discoteca para niños, de 4 a 6 de la tarde.”

    Dentro de poco, tampoco Angela va a poder seguir dando sus cursos. “Este tipo de instituciones estaban en toda la República.  Van quedando pocas. Somos el foro cultural más grande y por eso seguimos en pie, pero no por mucho tiempo. Cuesta mantener todo esto, no hay fondos. El gobierno busca asociaciones privadas que se hagan cargo de administrarlo. Ellos, por supuesto, necesitan ganar dinero y ese dinero va a venir de los cursos. Los chicos sin recursos no van a poder venir más. En este barrio, ninguna familia tiene dinero, o sea que ningún chico va a tener la oportunidad de estudiar nada de nada.”

    Treinta y cuatro años enseñó Angela en este lugar: “Ahora ya trabajo como voluntaria. Quiero que los chicos hagan algo mejor que estar en su casa o en la calle.” ¿Nota alguna diferencia, algún cambio en esta nueva generación? “Sí. Hoy parece que fueran más cariñosos y menos fuertes. También es mucho más difícil lograr captar su interés.” ¿Sienten alguna diferencia por ser del este? “Ellos ya no. La diferencia ahora pasa por ser pobres o ricos. Ellos saben que son pobres, pero Este u Oeste ya no tiene ninguna importancia”.

    Lo mismo opina Therese, que enseña música. “No existe ya una memoria en Berlín Este. Yo trato de mantenerla, al menos con mis hijos y mis alumnos.”  ¿Todo lo que se recuerda es positivo? “Por supuesto que no. Pero había muchas buenas ideas, muchas buenas intenciones que fueron dejadas de lado. Vivíamos una dictadura, pero no todo era terrible.” ¿Quiso escapar alguna vez? “No, nunca. A mí lo que más me molestaba es que la gente no podía moverse, como si para educar a la gente hubiera que encerrarla. Pero yo podía viajar, por suerte.”

    Era miembro del grupo político-musical “Oktoberklub”, que cantaba canciones folk-rock que buscaban despertar el espíritu socialista en la juventud. “Decime de qué lado estás / de qué lado estás / y por qué camino vas / para adelante o para atrás / tenés que decidirte / construimos el futuro paso a paso / no te quedes atrás”.  Therese recorrió Europa occidental cantando “Was wollen wir trinken?”, “Qué vamos a beber? / brindemos por Luis Corvalán”. Fue, entre otras cosas, gracias a la popularidad de esta canción que Pinochet liberó al presidente del partido comunista chileno quien, después de cuatro años de prisión se refugió en la URSS hasta que volvió la democracia en su país.  “Como estaba en contacto con disidentes del otro lado”, cuenta, “me mostraban otra realidad. Nunca pensé que el Occidente fuera un paraíso.”

    “Tenía tantos compañeros sudamericanos en el colegio, en el trabajo. Eran todos exiliados. ¿Cómo iba a pensar en escapar a Occidente? Nos juntábamos a cantar canciones de Violeta Parra, de Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, León Gieco.”

     ¿Es eso lo que enseña a los niños del Fórum Cultural?

    “No”, se ríe. “El mundo ha cambiado mucho. Nunca me interesó ser partidaria del socialismo. Lo que intento hacer es despertar en los chicos un sentimiento de solidaridad, de compañerismo. Por ejemplo, en los años ’90 tuvimos fuertes brotes de racismo. Era normal, la situación social era dura, y la gente de estos barrios nunca en su vida había visto un turco, un árabe, un negro. Traté, sin caer en lo inocente,  de cambiar la letra de canciones hip-hop para inculcarles otros valores.”

    ¿Siguen habiendo diferencias entre Este y Oeste? “En mi caso, es más que evidente: gano un 20% menos que mis colegas del Oeste. Tengo la misma formación, y la misma o más experiencia pero nuestros sueldos son más bajos, veinte años después.”

     ¿Estuvo presente aquella noche? “No, ni siquiera me enteré. Estuve estudiando para renovar mi carnet de conducir. Al día siguiente, me encontré con una cola da autos que iba hacia la frontera, y no entendía por qué.”

     ¿Va a estar presente en los festejos? “No, hay que trabajar. Y no tenemos mucho para festejar. No había otro camino que la reunificación, pero hubo demasiados errores, y sigue habiéndolos. No era esto en lo que quería convertirme. De algún modo, mi juventud sin tanto lujo fue más feliz que la de mis hijos De todas maneras, no creo representar a la mayoría”.

    ¿Y la juventud de hoy, qué opina? Los alumnos de Therese y de Angela “escucharon hablar del muro”, pero no todos. ¿Se habla de eso, en la casa, en la escuela? “No”, “nunca”.

    Los adolescentes de la plaza, cada uno con sus auriculares puestos claro que saben qué fue el Muro de Berlín. “Fue un muro para separar el capitalismo del comunismo.” ¿Se habla de eso? “No, para nada.” ¿Les parece importante? “Claro, hay que estudiar la historia. ¿Van a ir a los festejos? “No, tenemos mucho para estudiar.”

    Es difícil, por más que uno pregunte, dar en esta ciudad con algún entusiasta. Al menos en estos barrios donde el turismo no llega, el fin del muro se ve más como una ocasión perdida que como un motivo de fiesta.

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