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    El fin de Berlín occidental

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    por Javier Domingo – Especial desde Berlín | 07.11.09
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    Durante su corta existencia de 28 años, Berlín Oeste (o Berlín occidental) fue un experimento irrepetible. Ante la permanente amenaza de ser invadidos por los comunistas del otro lado del muro para recuperar la unión de la capital, esa parte de la ciudad fue la exaltación del Occidente capitalista: una vidriera que mostraba lo “mejor” del sistema a aquellos que osaran asomar la cabeza desde el otro lado. En esa isla rodeada de penurias, se vivía casi permanentemente de fiesta gracias a los subsidios de las potencias occidentales enemistadas con la Unión Soviética. ¿Qué ocurrió en Berlín Oeste tras la caída del muro en 1989? ¿Cómo se vivieron esos 28 años de fantasía? ¿Cómo vive hoy esa parte de la ciudad los 20 años de la caída del muro? Informe especial de Observador Global desde Berlín.

    Imagen de El fin de Berlín occidental
    Ante la permanente amenaza de ser invadidos por los comunistas para recuperar la unión de la capital, Berlín Oeste fue la exaltación de Occidente: una vidriera.

    Hay aire de nostalgia en Berlín, y esta vez nadie sueña con una primavera en medio del otoño.

    En un bar del barrio de Kreuzberg, Thomas festeja su cumpleaños, con un par de días de anticipación. Para el 9 de noviembre se preparan las celebraciones por los 20 años de la caída del muro. Veinte años atrás, la noticia arruinó la fiesta de Thomas. Esta vez no quiere caer en el mismo error.
    “Ese día Berlín Oeste dejó de existir. El muro se nos cayó a nosotros, no sólo a ellos”, cuentan por acá.

    Tienen razón los amigos de Thomas. El muro de Berlín no encerraba a Berlín Este, capital de la República Democrática Alemana. Esa pared de 43 kilómetros de largo aislaba Berlín Oeste en el medio de la Alemania comunista. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Alemania fue dividida en cuatro sectores de ocupación: ruso, francés, inglés y estadounidense. Berlín (en el centro del sector ruso) también fue dividida en cuatro. Algunos años más tarde, el sector ruso de Berlín se convirtió en capital de la República Democrática Alemana. Los otros tres sectores (sin que las fuerzas de ocupación los abandonaran), pasaron a formar parte de la “unidad política autónoma Berlín (Oeste)”, que dependía administrativamente de la República Federal Alemana.

    Ese enclave fue, durante su corta existencia, un experimento irrepetible. Ante la permanente amenaza de ser invadidos por los comunistas para recuperar la unión de la capital, Berlín fue la exaltación del occidente: una vidriera. En esa isla, las grandes dificultades económicas de una ciudad dividida y destruida por la guerra, fueron suplantadas por los subsidios del Oeste, que necesitaba cuidar su imagen. Los isleños vivían – cuentan los nostálgicos – en una fiesta permanente.

    Berlín (Oeste) era una ciudad en el frente de la guerra fría, y ofrecía algunos privilegios. No existía el servicio militar, los sueldos engordaban con el “suplemento-Berlín”, los servicios eran baratos, los alquileres aún más. Llegaban desde Alemania Oeste aquellos que aquí denominan “refugiados” huyendo de las aburridas vidas burguesas.

    Sin embargo, no todos quieren vivir en una isla. Las grandes industrias como Siemens o AEG abandonaron Berlín muy temprano. Antes de la guerra, Berlín era la mayor ciudad industrial alemana. Después, fue la más pobre. Los intelectuales, apenas se volvían mayores, abandonaban la ciudad en búsqueda de trabajo, de mayores oportunidades, de mayor internacionalidad.

    Berlín (Oeste) se convirtió en una ciudad de hippies primero, de punks después, de movimientos de liberación homosexual, de emancipación femenina, de anárquicos, de artistas, de pseudo-artistas, de chicos de pueblo que querían convertirse en famosos de barrio con cualquier modo. Era la ciudad de David Bowie, de Nina Hagen, de Nick Cave.

    La geografía de la ciudad cambió. Los barrios periféricos del oeste pasaron a ser el “centro”. El lujo de los grandes almacenes de esas zonas fue exagerado para competir con el Este. En los barrios pobres cerca del muro, las casas se caían a pedazos. Los proyectos de modernización (o de especulación edilicia) fueron frenados por los anárquicos que ocuparon cientos de casas o por los alternativos proyectos de conservación de los estudiantes de las Universidad Libre y la Universidad Técnica, vistas como centros de la cultura “izquierdista” de la época.

    Fue ese el germen de lo que hoy es Berlín. La ciudad vive todavía hoy de la imagen que generó en esa época. Miles de jóvenes de todo el mundo llegan hoy aquí, deslumbrados por su “onda alternativa”, por sus bajos precios, por su internacionalidad, por su permisivismo, su tolerancia, su apertura. Es la meca de todo joven que siente que este es un lugar donde “todo está sucediendo”.

    “Es todo falso”, opinan por acá. “Ahora es una ciudad burguesa que juega a ser alternativa”, dicen en la fiesta de Thomas. “Nosotros pudimos aprovechar algo inusitado en la historia, sin exagerar. Fueron veinte o treinta años donde el proletariado, o la clase media baja, pudo vivir bien. El mundo necesitaba que no hubiera tensión social, y menos aquí, con la inminencia del peligro comunista a pocos metros. Nunca había pasado eso, y ya se perdió.” El que cuenta eso es Helmut, “refugiado” de la aburridísima Baviera. Eligió trabajar en un cine como empleado, para poder tener tiempo para hacer otras cosas. “Teníamos esa posibilidad, trabajar pocas horas y era suficiente. Hoy, en el cine donde trabajo, gano cada vez menos. Los cines alternativos, además, ceden lugar a las grandes salas y ya apenas hay trabajo. Los nuevos empleados son contratados con una base de 400 euros al mes. A nadie le alcanza. Y ni siquiera están motivados. No tienen vacaciones, no les pagan la jubilación, el seguro de salud se va privatizando. Tengo que arreglarme un diente, no tengo dinero para hacerlo. Hace unos años, la salud dental era gratis.”

    Michael, “refugiado” de Stuttgart, busca casa. “No es tan difícil conseguir una casa en Berlín, pero cada vez son más caras. No me quejo por mí solamente. Mi barrio era un barrio popular. Ahora está de moda. Las casas son viejas, algunas tienen todavía la calefacción a carbón, o el baño afuera. Las administraciones modernizan los departamentos, y después ya no hay nadie que pueda pagarlo. Hasta usan la ecología como excusa: las estufas a carbón contaminan. Yo no necesito gas, pero me obligan.” La situación puede empeorar con la nueva ley que está tratando el gobierno. Hoy, un inquilino tiene un año de tiempo para conseguir otra casa, si el dueño le pide el desalojo. “Es normal, está pensado para proteger al más débil. Ahora van a ser tres meses. En mi barrio hay un montón de gente vieja. Se sienten apegados al barrio, a la misma peluquera, al mismo almacén. Cuando una de estas viejas tenga que buscar casa por tener que dejar la suya a un chico que se cree moderno, ¿a dónde va a ir? ¿Quién le alquila?”

    ¿Tiene la culpa la unificación? “No, no es eso. No había otro camino, probablemente”, explica Iris, “refugiada” de Hamburgo. “Si bien es ridículo que nosotros los alemanes y alemanas estamos siempre dando clases a los demás pueblos sobre cómo comportarse, cómo luchar contra el sistema, y en una decisión tan importante como la unificación el pueblo no pudo opinar en lo más mínimo. Debimos entender que lo que hicieron con el este, nos iba a tocar a nosotros también. Hoy se nos termina el estado social, es el reino de los trabajos precarios, las universidades son pagas, el desempleo cada vez más alto. Y todos siguen jugando al capitalismo eterno: pretenden crecer para siempre, siempre más. Nadie se da cuenta que todo esto explota.”

    ¿Y la fecha? ¿El 9 de noviembre? ¿Dónde estaban? “Era mi cumpleaños, claro”, dice Thomas, “íbamos a salir y alguien por teléfono me dijo que habían tirado el muro. No lo podíamos creer. En el bar aparecieron unos alemanes del este, con esas ropas, esos peinados, ese acento… "

    ¿Alguien va a festejar, va a ir a la Puerta de Brandemburgo? “Por supuesto que no, ¿para qué? Las celebraciones se hacen para el 3 de octubre (el día de la re-unificación alemana), pero es una fecha estéril: algo que decidió el parlamento. El 9 de noviembre es también el aniversario de la noche de los cristales (una noche de atentados nazis contra los judíos), y por eso no quisieron hacerlo feriado nacional. Típica actitud alemana, avergonzarnos de nuestra historia. Tenemos motivos, pero hay que aprender.”

    En este clima de apatía, es difícil dar con alguien que sea realmente entusiasta. Karl Pächter es un arquitecto que formó parte del grupo que dio forma a la nueva capital. Nunca se construyó tanto como en los ’90 en la Berlín reunificada. “Esa noche, cuando tiraron el muro, fui uno de los pocos que cruzaron al este. Me interesaba. Claro que por un lado hubiera querido vivir como en Berlín Oeste para siempre, pero sabía que no podía durar mucho más. Lo que vi tiene poco que ver con lo que hoy sale en las fotos o en la televisión: algunas columnas de autos en los puestos de frontera del muro, que iban a recorrer el Ku’damm (la avenida de tiendas de lujo del Oeste), unas dos mil personas a pie, pero nada más. Los alemanes no solemos participar mucho. Todo el mundo estaba en su casa. Y gente del oeste que cruzara al este, nadie. Éramos los únicos”.

    De la misma opinión son todos los que hacen la cola para comer un kebab a altas horas de la noche, en el barrio de Kreuzberg. Los vende Murat, uno de los 350 mil turcos que hay en Berlín. Vive en esta ciudad desde 1978. “El 9 de noviembre de 1989 estaba trabajando, como siempre. Ese día regalé dos kebabs a alemanes del este, que nunca lo habían comido. Nunca más los vi.” ¿Cómo era antes Berlín Oeste? “Ah, maravilloso. Las casas eran un poco terribles, el baño en el pasillo, muy frías. ¡Pero había tanta libertad! Los domingos nos íbamos a asar carne de cordero frente al Reichstag nazi, ¡si eso no era libertad!” se ríe. “La vida era baratísima, la gente salía todo el tiempo, vendíamos muchísimo, las rubias se conseguían fácilmente.” ¿Trajo algo bueno el cambio? “No sé… al principio fue duro. La ciudad se llenó de “ossis” (despectivamente, alemanes del este) que venía a quitarnos el trabajo, aumentó el racismo. ¡Ellos se sentían más alemanes que nosotros! Ahora esas cosas pasaron. Berlín ya no es lo que era, Alemania no es lo que era, pero es mi país. Mis tres hijos nacieron acá, para ellos no hay diferencias entre el oeste o el este ya. Ni saben qué fue el muro. Hoy somos todos berlineses.”


     

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