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    Kenia, un futuro sin agua

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    por Karen Kesselbrenner | 02.09.09
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    El futuro de África es sombrío. Además del hambre, los desplazamientos forzados y las guerras civiles, el calentamiento global afecta a todo el continente. La situación de Kenia imita a la de Bolivia: ambos países ven cómo se derriten sus glaciares y con la futura falta de agua se desvanecen sus posibilidades de prosperar. A miles de kilómetros de distancia, las dos naciones sufren una calamidad climática similar y una idéntica lentitud de respuesta de sus autoridades.

    Imagen de Kenia, un futuro sin agua
    La sequía en Kenia afecta a todas las industrias. Imagen de video - AP

    África lleva las de perder. No sólo en lo que respecta al hambre con el que se lo suele asociar. Observador Global ya trató las diferentes problemáticas que aquejan al continente, que van desde las guerras civiles hasta la inminente pérdida de especies animales únicas en el mundo. 


    La situación de Kenia no es la excepción. El precario estado de sus glaciares imita el drama boliviano del agua. Ambos países, aun en continentes diferentes, se relacionan por un síntoma compartido: el calentamiento global.

    El agua de los glaciares del monte Kenia y las lluvias son las principales fuentes de agua y electricidad de la nación. Sin embargo, no están exentas de los efectos del cambio climático, los cuales están modificando el panorama, el paisaje y la disponibilidad de recursos allí y en todo el mundo. 

    LA PAZ Y NAIROBI, DOS GOTAS DE AGUA
    Al igual que el glaciar subtropical Chacaltaya, en Bolivia, los hielos keniatas son la principal fuente de agua de la capital y las ciudades periféricas. Pero las altas temperaturas y las sequías -cada vez más duraderas y frecuentes- están arruinando la economía local desde diversos frentes.

    La baja disponibilidad de agua no sólo obliga a reducir su consumo en las actividades diarias como lavar y cocinar. Los agricultores y ganaderos están teniendo grandes pérdidas de animales y dinero. Sin agua ni pasto tierno para alimentarse, el ganado muere en cantidades, y ya sea que tengan numerosas cabezas o unos pocos ejemplares, las vacas que llegan al mercado se venden a precios muy elevados que la mayoría de la población no puede afrontar.

    Tampoco los keniatas pueden depender de sus plantaciones. En Laikipia, a unos 200 kilómetros de Nairobi, las cosechas de maíz, porotos y papas de los últimos tres años no rindieron como se esperaba. Los granjeros y sus familias se vieron obligados a depender de las donaciones del Programa Mundial de Alimentos de la ONU (PMA). Según dicha organización, los habitantes están adoptando medidas extremas para sobrevivir. Muchos reducen la cantidad de comidas diarias –y no incluyen los nutrientes necesarios-, se trasladan en grandes grupos a la capital o se endeudan aún más. 

    El derretimiento de los glaciares del Monte Kenia también compromete la disponibilidad de energía hidroeléctrica. El ente nacional a cargo de su supervisión restringió su uso de manera extrema, y muchas actividades comerciales tienen pérdidas muy importantes. 

    UN FUTURO COMÚN
    Mientras los organismos nacionales e internacionales buscan soluciones a corto plazo, los expertos coinciden en los peores pronósticos. Según la ONU, los ríos glaciares del Monte Kenia y el resto de África Oriental podrían secarse en los próximos 15 años.

    Las previsiones no son muy diferentes en La Paz, Bolivia. El miembro del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, Ivar Arana, considera que el derretimiento de los hielos del glaciar Chacaltaya, en las afueras de La Paz, es irreversible. Por su parte, el ingeniero civil de las Naciones Unidas, Ángel Román, le anticipó a Observador Global un panorama tenso: “las próximas guerras no van a ser por territorio, por ideología o por religión, van a ser por agua”.

    Kenia y Bolivia, dos naciones con historias distintas, unidas por un presente y un futuro en común que, de no tomarse las medidas necesarias, simbolizarán muy pronto el destino de buena parte del planeta.

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