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OBSERVADORES
La ultraderecha regresa a Europa
por Oscar Guisoni | 26.07.09La crisis financiera mundial y el retorno de los nacionalismos en el Viejo Continente han provocado que los partidos de ultraderecha vuelvan a cobrar relevancia en la escena política. Xenófobos, racistas y, muchas veces, antieuropeos, son un reflejo de una sociedad que pide una solución inmediata para los problemas que atraviesa.
Los partidos de ultraderecha vuelven a tomar relevancia en el escenario político europeo.La profunda crisis económica que afecta al continente europeo ha tenido dos efectos inmediatos sobre la sociedad. El primero de ellos, la desocupación, ha hecho correr ríos de tinta por su visibilidad y por el efecto cascada que produce sobre el resto de la sociedad y la economía en general. El segundo de ellos, el crecimiento de los partidos de ultraderecha, que se puso de manifiesto en las elecciones al Parlamento Europeo el 7 de junio, ha sido menos comentado, pero para quienes el fenómeno no ha pasado desapercibido la preocupación no ha hecho más que comenzar.
Al igual que sucediera después de que se desató la crisis de 1930, mientras en Estados Unidos el electorado responde virando hacia posiciones progresistas y realzando el rol del Estado en el discurso político – Franklin Roosevelt en aquel entonces, Barack Obama hoy - el viejo continente opta por la deriva ultra derechista.
El pionero en volver a instalar el discurso ultraderechista en Europa es sin lugar a dudas el francés Jean-Marie Le Pen. Fundador del Frente Nacional en 1972, su mayor hito fue conseguir pasar a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de 2002, contra Jacques Chirac, en las que obtuvo el 18,86 por ciento de los votos. Xenófobo y racista, el discurso de Le Pen logró instalarse en Francia hasta el punto de ser absorbido en las últimas presidenciales por Nicolás Zarkozy, quien terminó quedándose con los votos del viejo dirigente filo nazi gracias a este giro en su estrategia de campaña.
Hasta hace diez años el fenómeno francés era relativamente aislado y tenía que ver con la realidad de un país en el que la inmigración comenzó a llegar mucho antes que al resto del continente, a medida que se descomponía el viejo imperio en África. Sólo Austria, donde incluso llegó al poder de la mano del fallecido Jörg Haider y su Partido Liberal y, en menor medida, Holanda y Bélgica, contaban con partidos ultraderechistas de relativa importancia. Con el estallido de la última crisis económica y las tensiones nacionalistas en torno a la construcción de la Unión Europea, la burbuja de la ultraderecha comenzó a expandirse por el resto del continente.
CAMPO FÉRTIL
Las últimas elecciones al Parlamento Europeo, realizadas en la primer semana de junio, dejaron entrever por primera vez hasta qué punto ha arraigado el discurso ultra en distintos países de la región. El caso más emblemático es Holanda, donde el Partido Anti Musulmán (PVV) del polémico Geert Wilders se transformó en la segunda fuerza nacional, con el 17 por ciento de los votos.En la vecina Bélgica el Vlaams Belang, antieuropeo y racista, creció hasta alcanzar el 10,88 por ciento del electorado. Otro tanto ocurrió en Reino Unido, donde a la deriva ultra del Partido Conservador que ha prometido sacar al país de la Unión si gana las próximas elecciones, debe sumarse el extraordinario resultado del British National Party, que con el 8 por ciento colocó a dos eurodiputados en Bruselas. Uno de ellos, Nick Griffin, dirige una revista en la que alabó a las SS de Hitler y criticó a la aviación británica por haber bombardeado la Alemania nazi. Cuando habla de los musulmanes, Griffin afirma sin pudor “hay que acabar con ellos, nos están colonizando”.
En Italia, la Lega Nord de Umberto Bossi, el hombre que hace unos años sugirió “bombardear a los inmigrantes” que atraviesan el Mediterráneo en barcazas, obtuvo unos extraordinarios resultados en el norte rico, donde va camino a transformarse en la primera fuerza regional, consiguiendo un 10,2 por ciento a nivel nacional. Aliado de Berlusconi, Bossi ha instigado los recientes episodios de violencia contra los gitanos en el país y ha propuesto una catalogación racial de las personas que viven en Italia.
Mientras que España se libra del problema, sobre todo porque el conservador Partido Popular ha hecho suyo el discurso antiinmigración, es más que nada en el centro del continente donde la llama ultra parece haber encendido con fuerza. Alemania también está exenta, ya que tiene una vigorosa legislación que impide las manifestaciones racistas y xenófobas, fruto de la culpa que dejó en su cultura el ascenso de Hitler al poder en 1933 y todo lo que trajo consigo.
A juzgar por la agenda política de los principales parlamentos regionales, nadie está pensando en estos momentos en seguir su ejemplo, por lo que la ultraderecha – de continuar esta virulenta crisis económica que sacude a la vieja Europa – tiene por delante un campo fértil para seguir creciendo.
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