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AL DÍA
Morir por la Guerra Santa
22.10.09Están dispuestos a dar su vida matando estadounidenses en Irak, Afganistán o donde sea. Son miles de jóvenes que cada día son reclutados en sus países de origen por organizaciones extremistas islámicas y trasladados luego para cometer ataques suicidas o ser entrenados para combatir en nombre de la Guerra Santa. La información de un combatiente capturado recientemente en Irak revela el proceso de reclutamiento de grupos como Al Qaeda y demuestra una vez más que la llamada "guerra contra el terrorismo" está lejos de ser ganada por Estados Unidos y sus aliados.
La historia de Mohammed Abdullah al-Obeid permite ver cómo las redes de extremistas logran reclutar jóvenes para combatir en Irak, Afganistán y Pakistán - APLe dijo a su familia que se iba en peregrinaje a La Meca.
En cambio, este estudiante universitario se llevó una mochila y se fue de Arabia Saudita, iniciando un recorrido que lo llevaría a Siria y luego al corazón de la insurgencia sunita en Irak.
Comenzó así una vida clandestina, con distintos alias y una sucesión de atentados, pasando a ser otro soldado en la guerra contra Estados Unidos y sus aliados iraquíes.
La historia, contada a la AP en una inusual entrevista a un combatiente extranjero detenido, no es un relato heroico ni nada parecido. Es más bien la saga de uno de los soldados anónimos que aprietan el gatillo en callejones o al costado de rutas y caminos.
La experiencia de Mohammed Abdullah al-Obeid permite ver cómo las redes de extremistas logran reclutar gente en universidades, mercados y mezquitas, donde abundanm los jóvenes dispuestos a tomar las armas en Irak e incluso en Afganistán.
La cantidad de combatientes extranjeros que hay en Irak no está clara. Pero es bien sabido que miles de personas provenientes del exterior pelean allí luego de haber ingresado, en su mayoría, por la frontera con Siria, muy poco vigilada.
Así entró al-Obeid a Irak, caminando por una región desértica, sin un mapa, tratando de llegar a la ciudad de al-Qaim en el horizonte.
"No tenía idea de dónde estaba ni si había cruzado la frontera", relata este combatiente de 27 años, en una entrevista arreglada con las fuerzas de seguridad iraquíes en la Zona Verde de Bagdad. "Lo único que sabía es que pronto, Dios mediante, estaría combatiendo a los estadounidenses".
"Estoy preso, pero sigo cumpliendo una misión", afirmó al-Obeid. "Si me dejasen salir, volvería a combatir".
Su relato coincide con otras historias según las cuales la insurgencia iraquí se está alimentando con combatientes extranjeros, según afirman los militares estadounidenses.
Al-Obeid dijo que fue contactado por primera vez por reclutas de los insurgentes cuando cursaba el segundo año en la Universidad Islámica Imam Mohammad ibn Saud de Riad. Un compañero comenzó a pasarle literatura y DVDs sobre Al Qaeda y los combates en Irak.
En cuestión de semanas, al-Obeid estaba asistiendo a encuentros con gente que decía estar lista para unirse a otros combatientes árabes en Irak. Se les dijo que lo hacían ahora o nunca. Al-Obeid no volvió a las clases.
Al-Obeid es el mayor de siete hermanos (cuatro hombres y tres mujeres) y cuenta que por entonces fue a su casa y le dijo a su familia que viajaría a la ciudad sagrada de La Meca. Sus padres le dieron la bendición y algún dinero. Al-Obeid partió con un pequeño bolso y el equivalente a unos 1.300 dólares.
"Tomé un autobús que me llevó a Bahrain. Allí me esperaban con un pasaje de avión", dijo.
Al-Obeid afirma que reclutadores de Arabia Saudita pagaron por un viaje aéreo a Siria, vía Dubai. Llevaba consigo un número telefónico al que debía llamar en Damasco.
"El individuo que respondió se identificó con su nombre de guerra, Abu Qa'qa. Me dijo que me preparase para viajar al día siguiente", indicó al-Obeid.
Su escala siguiente fue la ciudad siria de Aleppo, en la costa mediterránea. Al-Obeid dice que se sumó a un grupo de unos 20 combatientes árabes de toda la región: tunecinos, saudíes, yemeníes y de otros países. A los pocos días los dividieron en grupos y los transportaron a un sitio cerca de la frontera con Irak, donde les indicaron que llegasen a al-Qaim y les indicaron en qué dirección se encontraba esa ciudad.
También en esta ocasión les dieron un número telefónico para que se comunicasen con su próximo contacto.
Al-Obeid dice que le dieron una identificación iraquí falsa con el nombre de Mohammad Abdullah. A los pocos días el grupo fue transportado en auto a Rawah, un pueblo en el desierto occidental, en los llanos que suele inundar el río Eufrates. Esto sucedió a principios del 2006, cuando los insurgentes hacían y deshacían a voluntad.
El grupo de Al-Obeid fue dividido en dos: un grupo fue entrenado en ataques suicidas y el otro en el manejo del rifle AK-47 y de ametralladoras.
"No me propuse ser un mártir", expresó Al-Obeid. "Quería aprender a usar las armas y a combatir en el terreno".
Un mes más tarde fueron llevados a una vivienda de Bagdad. Al-Obeid afirma que no recuerda el área, solo que se trataba de un barrio con calles limpias, con abundantes árboles y flores. Allí estuvo poco tiempo.
El grupo fue escondido en una camioneta y trasladado a la provincia de Diyala, donde los insurgentes habían declarado a Baquba capital del Estado Islámico de Irak.
"Era una época de grandes batallas con los estadounidenses", declaró Al-Obeid. "Yo colocaba bombas en las rutas y participé en tres enfrentamientos grandes. Mi instructor en el armado de bombas era afgano. Maté gente. No sé cuántos, pero sin duda maté a estadounidenses".
La red de insurgentes le daba comida, ropa y un sueldo mensual de 50.000 dinares, equivalentes a unos 40 dólares. Se alojó con una familia iraquí y participó en combates junto a algunos miembros de la familia. Así se enamoró de una de las hijas de la familia, llamada Nesbah.
"Los hermanos arreglaron nuestra boda. Yo no puse ninguna objeción", expresó. "Pero decidimos no tener hijos porque mi esposa quería ser mártir (realizar un ataque suicida). Muchas mujeres estaban optando por eso. Sus propios padres la alentaron. Empezamos a planificar su martirio. Me sentía orgulloso de ella".
Nesbah, sin embargo, quedó embarazada a principios del año pasado, según dijo, y decidieron dejar la insurgencia y regresar a Arabia Saudita. Al-Obeid relató que llamó a su casa por primera vez en tres años.
"Les conté todo y les dije que quería volver a casa. Me dijeron que harían los arreglos", señaló.
Lo que al-Obeid no sabía es que los servicios de inteligencia iraquíes estaban escuchando. A los pocos días fue arrestado.
Al-Obeid dice que no fue torturado ni sufrió abusos de parte de las fuerzas de seguridad iraquíes. Es posible, no obstante, que haya aceptado colaborar a cambio de un trato preferencial.
Cuando se le pregunta si se arrepiente de haberse sumado a la insurgencia, responde: "No, estoy muy contento".
¿Seguiría peleando si lo liberan?
"Sí, sin la menor duda". -
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