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AL DíA
Terremoto en Chile: Dolor bajo la piel
por Raimundo Gregoire Delaunoy - Especial desde Santiago | 02.03.10La cifra de muertos por el terremoto de magnitud 8,8 que azotó a Chile trepó a 796, mientras que 19 personas confirmadas siguen desaparecidas. Unas 500.000 residencias resultaron averiadas o destruidas por el sismo y el tsumani. Hasta ahora, 25 personas fueron rescatadas con vida del edificio de 15 pisos que se derrumbó y los bomberos siguen trabajando. Chile es el escenario en el cual miles de personas sintieron el terror en la palma de la mano. “Me desperté, todo se movía y entendí que algo estaba ocurriendo. Esperé unos segundos y la intensidad del movimiento era cada vez mayor. Comprendí que se trataba de un terremoto, pero, con la esperanza que fuese corto, opté por quedarme adentro de la cama, ahí, cual momia, sin siquiera respirar”. El periodista chileno Raimundo Gregoire Delaunoy relata lo que vio y sintió en un día que jamás olvidará.
El viernes fue un día muy tranquilo, tal cual uno quiere en el período de vacaciones. Pude disfrutar de un desayuno al aire libre, justo al frente del mar y luego salí a recorrer el pueblo, tal como lo hacía en forma diaria.
La visión desde la costanera era un deleite. Las aguas marinas, de un profundo azul, se complementaban con el suave celeste del cielo y las amarillas arenas de la playa. Las olas, casi inexistentes, parecían estar dialogando con todo el entorno. Nada de esto hacía presagiar lo que ocurriría horas más tarde.
Todo estaba tranquilo. Niñas y niños caminando por las calles, los pescadores descansando en la caleta y los artesanos abriendo sus tiendas en el bandejón costero. Los únicos supermercados –“La Sureña” y “El Indiecito”– ya estaban abiertos y la gente, como es habitual, realizaba las compras del día.
Cerca de las 13:30 horas volví a mi casa y almorcé. Aproveché de escuchar música y escribir algunas reflexiones estivales propias de un momento de distensión. Luego, pasé por el único lugar de la bahía que cuenta con Internet. Revisé mis mails y hablé con las mujeres que ahí atienden. Dos de ellas viven en Quilimarí, pueblo ubicado a sólo unos kilómetros al este de Pichidangui, en dirección a los cerros, y otra lo hace en Santiago, pero durante el verano viene a trabajar a este balneario. Conversamos y amablemente respondieron preguntas sobre un reportaje que estaba haciendo a la zona aledaña. Todo seguía normal.
Mientras, en la extensa y hermosa playa, el ambiente estaba aún más relajado. Algunos quitasoles, personas gozando con los rayos solares y muchas otras regocijándose en las calmas aguas del balneario.
Tipo 18:00 horas decidí acompañar a mis sobrinos y mi sobrina, quienes querían ir a jugar paletas y fútbol en las suaves arenas del sector playero. Y así estuvimos por unas dos o tres horas. De ahí, me encontré con mi hermano Gonzalo y mi cuñada. Los invitamos a nuestra casa, para conversar y compartir un buen momento en la noche. Todo seguía tranquilo y con plena normalidad. Nada hacía presagiar lo que ya estaba muy pronto a explotar.
A las 22:30 horas llegaron mis dos sobrinos, mi sobrina, mi hermano mayor (Gonzalo) y mi cuñada. Junto a otro de mis hermanos (Jorge) y mis padres, los esperábamos. Cosas para comer y tomar. Los niños jugando en una mesa y nosotros en otra. La noche estaba despejada y con una luna llena realmente imponente. Extrañamente, no había viento, no hacía frío y todo estaba demasiado calmo.
A las 1:30 del sábado ya se habían ido todos de la casa y así aproveché para contemplar el mar desde la terraza. Sin embargo, y en algo repentino, comencé a sentir una extraña sensación de ansiedad. No sabía por qué, pero me sentía incómodo. Pronto, ya estaba algo angustiado y entonces decidí acostarme. Me costó mucho dormirme y creo que sólo recién cerca de las 3:00 de la madrugada logré cerrar los ojos. Sin saberlo, el siguiente despertar sería espeluznante.
Me desperté, todo se movía y entendí que algo estaba ocurriendo. Esperé unos segundos y la intensidad del movimiento era cada vez mayor. Comprendí que se trataba de un terremoto, pero, con la esperanza que fuese corto, opté por quedarme adentro de la cama, ahí, cual momia, sin siquiera respirar.
Pero la casa ya parecía una jalea y los ruidos se multiplicaban. La energía eléctrica ya se había cortado. La luz se había perdido segundos antes del movimiento telúrico. Tuve que levantarme a oscuras y ahí me encontré, en el pasillo, con mis padres y uno de mis hermanos.
“Esto es grande, un terremoto fuerte”, dijo mi hermano, mientras mi madre comenzaba a asustarse y mi padre sólo daba vueltas por la casa.
“Se va a caer esto, vámonos”, fueron las únicas palabras que pude escupir en medio de toda esta tensión. Y así empezamos a acercarnos a la puerta de entrada, aunque justo en aquel instante empezó a disminuir la intensidad del terremoto.
Fue entonces que, finalmente, se ponía término a cerca de dos minutos y medio de una secuencia infernal. Eran las 3:37 de la madrugada. Inmediatamente, llegó algo de calma, pero todo en medio del nerviosismo y la angustia reinante, no sólo en mi casa, sino que en todo el sector.
La magnitud del golpe fue tan fuerte que diez minutos después del terremoto aún tenía dificultades para caminar bien. El mareo era intenso, peor que haber subido a la más ondulante de las montañas rusas. Y ahí vino el momento de intentar saber qué había ocurrido. Era un terremoto, sí, qué duda podía caber, pero había que saber más. Dónde fue el epicentro. Qué hora era. Cómo está Pichidangui.
La falta de energía eléctrica impedía poder recibir información, mientras que la gente, poco a poco, comenzaba a salir a las calles. Muchas personas lo hacían a pie, otros en bicicleta o en auto. Todos parecían estar perdidos, sin entender qué ocurría. Y nadie tenía información. Sólo había angustia.
Fui al auto y prendí la radio, pero era imposible captar alguna señal. Normalmente cuesta hacerlo en Pichidangui, así que en medio de este descalabro, era aún más difícil. Y así estuve durante varios minutos, hasta que cerca de las 4:30 de la madrugada logré escuchar algo.
“Terremoto…..región del Bío-Bío……8,8 grados Richter”.
Tras esto, avisé en mi casa y luego intenté hacer lo mismo con Gonzalo, pero era imposible comunicarse por teléfono. Insistí varias veces, pero no fue posible. Lo mismo con Nacho, un hermano que estaba en Santiago.
Entremedio, recibí la llamada de Fran, una amiga que estaba en Viña del Mar. “Espero que estés bien, porque acá hemos tenido que bajar del departamento, ya que las réplicas son muy fuertes y frecuentes”, fueron sus primeras palabras. La comunicación se cortó y no fue posible conversar hasta varias horas después.
Mientras, cada vez había más movimiento en el pueblo, lo cual obligaba a estar despierto. Fue así que comencé a ver autos llenos de gente –en algunos casos con equipaje al interior– y muchas personas caminando. Sin embargo, no fue hasta ver a una familia entera caminando con mochilas y en pijama que comprendí lo que estaba ocurriendo. Había que abandonar Pichidangui. Dicha reflexión fue aún más concreta cuando escuché las sirenas y a alguien hablando por medio de un megáfono.
“Salir, salir”, fue lo único que pude entender.
Con mi hermano Jorge decidimos salir en el auto y ahí vimos cientos de personas escapando hacia los cerros. Comprendimos que todos se iban y decidimos dar vuelta atrás. En eso, llamó Gonzalo.
“Hay que irse, ahora ya. Alerta de maremoto, así que todos a los cerros, hacia el Valle del Quilimarí”, me dijo con cierta calma, aunque con evidente preocupación.
Corté el teléfono y partí lo más rápido que pude a la casa. Entré, tomé mi computador, mi celular, unos yogurts y unos plátanos. Avisé a mis padres y les dije que nos fuéramos de inmediato. Así fue que partimos los cuatro hacia los sectores más altos. Todo en medio de la oscuridad y el caos.
Tras cinco minutos manejando logramos llegar a un sitio eriazo. Estábamos en el pueblo de Quilimarí, ubicado muy cerca del cerro Santa Inés. Lo que más abundaba eran autos estacionados y gente en medio de la oscuridad. Fue ahí que nos encontramos con mi hermano Gonzalo, mi cuñada, mis dos sobrinos y mi sobrina. Ya con más calma, sabiendo que estábamos a salvo. Quizás ahí vino el primer instante de relajo, pues aunque seguíamos sin saber qué ocurría, teníamos la certeza que donde estábamos habría seguridad.
Estuvimos en esta zona por una hora y media. Calculo que entre las 5:00 y 6:30 de la mañana. Poco a poco comenzaron a volver algunos autos y con Gonzalo decidimos volver a Pichidangui, para ver qué sucedía.
Al entrar al pueblo, vimos que había muy poca gente en las calles. Ya estaba amaneciendo y fuimos al retén de carabineros. “No tenemos mucha información, pero hay alerta de maremoto”, fue la información que nos pudieron entregar.
Tras eso, fuimos a la Costanera y ahí observamos al mar. Se había recogido varios metros y estaba muy tranquilo. Parecía una piscina. Las boyas, las mismas que normalmente estaban bien adentro, estaban muy cerca de la playa y daba la impresión que uno podría alcanzarlas en cosa de segundos o, como mucho, un minuto. Con suerte había tres gaviotas volando por ahí. Pocas veces, en los 20 años que llevo yendo a Pichidangui, pude ver algo tan hermoso, como angustiante. Era la naturaleza en su máxima expresión, recordándonos que es ella quien reina y no otros.
Cerca de las 7:00 de la mañana nos devolvimos y fuimos a buscar a nuestros familiares. Retornamos a casa e intentamos retomar la normalidad. Volví a llamar a Ignacio (mi hermano que vive en Santiago), pero fue imposible comunicarse. Sólo pude recibir mensajes de texto de mi amiga Fran, diciéndome que estaba bien y preguntándome por mí.
Lentamente, y con el paso de las horas, además de la llegada de la luz solar, Pichidangui comenzaba a parecerse más a lo que uno está acostumbrado a ver. Fue el momento de salir a recorrer y ver qué había pasado. Afortunadamente, no había destrucción, pero todo estaba demasiado tranquilo. Mucha gente se había ido directo a Santiago u otras ciudades, mientras que otras personas estaban en sus casas. Nuevamente volví al auto y ahí pude obtener más información.
Había sido un terremoto en Chile y el epicentro se encontraría al norte de Concepción. Dos muertos y poca comunicación, especialmente de Santiago al sur. Eso fue todo. Eran las 9:00 de la mañana y no había más información.
Y así estuvo toda la mañana, esperando que volviese la energía eléctrica, para conocer más detalles de lo sucedido. Como a las 13:30 horas partí al único lugar con Internet, pero, como era de esperar, estaba cerrado. Adentro, sólo estaba Valeska, una de las mujeres que trabajaba ahí. Ella venía de Quilimarí y me contó que estaba todo tranquilo, aunque el terremoto lo pasó en la disco de Pichidangui.
“Fue todo repentino. Todo se movió mucho y la gente empezó a gritar y correr”, recordó “Vale”, como le dicen sus amigas. Luego, me explicó que estaban sin luz y que por eso iban a cerrar hasta la siguiente temporada. Nos quedamos conversando unos minutos y luego me fui, aunque justo volvió la electricidad. Le pregunté si podría intentar conectarme, pero me dijo que lo mejor era preguntarle a una de las dueñas, quien afortunadamente me autorizó y me dio la clave de la conexión.
No tuve mucho tiempo para informarme, pues nuevamente se cortó el suministro eléctrico, pero los diez o quince minutos que tuve fueron suficientes para tener más detalles. Después, estuve por cerca de una hora tratando de retomar la conexión, ya que la luz nuevamente había vuelto, pero no pude conectarme. Ya eran las 16:00 horas. Estaba cansado, con calor, hambre y sed.
Volví a la casa y compartí la información. “El terremoto fue 8,8 grados Richter, el epicentro estuvo en la zona costera de la región del Maule y no hay muchas noticias. Se sabe que en Concepción están incomunicados y que se cayeron dos edificios. Parece que uno de ellos con personas adentro. También, explotó una facultad universitaria”.
Mi familia estaba impresionada con lo que ocurría, pero proseguí. “Hubo un maremoto en Juan Fernández. La ola habría sido de 15 metros de altura y había cubierto buena parte de la isla. Dicen que llegó hasta la mitad del pueblo”.
Luego, agregué más datos y le comenté que “en Santiago se cayeron autopistas, con autos adentro. Hay derrumbes de edificios, aparentemente, y también hay incendios. El aeropuerto de Santiago está destruido”.
Después de eso, decidimos ir a casa de mi hermano Gonzalo, quien tenía repuesto el servicio de TV cable. Ahí pudimos tener más información y nos quedamos viendo las noticias. Todo estaba tranquilo. Ya eran las 17:00 horas, aproximadamente, y ante los consejos del gobierno, habíamos tomado la decisión de pasar la noche en Pichidangui y volver al día siguiente. Hasta que nuevamente hubo alarma de maremoto y ahí todo cambió. Nuevamente apareció la ansiedad y el nerviosismo. Qué hacer, esa era la gran pregunta. Los militares decían que era el momento de irse, pues las carreteras estaban despejadas, pero los carabineros aseguraban que había grandes atochamientos en las autopistas. A quién creerle entonces.
Fui a avisarle a Gonzalo y luego retorné a casa, lugar en el cual, de un momento a otro acordamos irnos. Eran las 19:02 horas y a las 19:19 ya teníamos todo listo. No sé si alguna vez más podré hacer todo tan rápido como aquella tarde. A las 19:21 nos fuimos, dejamos atrás Pichidangui y comenzamos a acercarnos a la realidad.
Los 199 kilómetros que separan a Pichidangui de Santiago fueron los mejores reporteros. Varias pasarelas caídas, grietas en la carretera, derrumbes en algunas partes, incendios en fábricas y roturas de puentes y pasos sobre nivel. La autopista Norte-Express cerrada, al igual que la carretera que recorre Quilicura, Huechuraba y La Pirámide. Luego, al llegar a Santiago, todo oscuro, la gente en las calles y muchas construcciones derruidas o con daños importantes. Todo esto en comunas como Renca, Recoleta y Santiago Centro. De ahí, tomamos la Costanera Norte y aparecimos en Las Condes. Ahí, vimos otra realidad. Todo en orden, como si nunca hubiese sucedido algo. Era como estar en otro planeta. Y así, uno pensaba en la injusticia, en por qué los afectados son los más pobres.
Llegamos a la casa y, entonces, otra historia comenzó. Tanto o más aterradora que haber vivido el terremoto arriba de una casa con palafitos. Tanto o más que haber experimentado la alarma de un maremoto. Tanto o más que ver al mar recogido y, luego, observar las marcas del agua, alcanzando puntos a los cuales normalmente no habría llegado.Tanto o más que despertarse sin saber qué ocurría. Era el momento de prender el televisor y conocer la realidad.Una pesadilla y un sufrimiento que hasta ahora impide estar tranquilo. Mañana, posiblemente deba partir hacia Curicó y otras zonas devastadas. Así es el periodismo y por eso cumpliré con mi trabajo. Pero no estoy bien, ni tampoco espero estarlo.
Chile, mi país, está sufriendo. Yo, también.
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